Por Martín Ferraro
Periodista en AdnCiudad.com
Cada Semana de Mayo reaparece el debate sobre los símbolos patrios y su lugar en la vida cotidiana. Mientras la escarapela parece haber quedado reducida a los actos escolares y los discursos oficiales, la camiseta de la Selección sigue movilizando emociones, identidad y sentido de pertenencia en millones de argentinos.
La escena se repite cada mayo. En escuelas, oficinas públicas y algunos actos protocolares vuelven a aparecer las escarapelas celestes y blancas. Sin embargo, fuera de esos ámbitos, cuesta encontrarlas en la calle. Ya no parecen formar parte de la vida cotidiana como décadas atrás y, para muchos, quedaron asociadas a una obligación escolar más que a un símbolo de identidad nacional.
La escarapela nació precisamente con el objetivo contrario. Durante los días previos a la Revolución de Mayo fue utilizada para identificar a quienes apoyaban el proceso independentista frente a las tropas realistas. Luego, en 1812, Manuel Belgrano pidió oficializar los colores celeste y blanco para unificar los distintivos militares y políticos de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Es decir, la escarapela surgió como un símbolo de unidad política y pertenencia colectiva. Pero más de dos siglos después, la relación de los argentinos con los símbolos patrios parece atravesar una transformación profunda.
El fenómeno no pasa desapercibido en una sociedad cada vez más polarizada, donde incluso las fechas patrias suelen quedar atrapadas entre disputas políticas, lecturas ideológicas y discusiones partidarias. Para algunos, los símbolos nacionales fueron perdiendo fuerza porque dejaron de representar un espacio común y comenzaron a ser apropiados por distintos sectores políticos.
Sin embargo, la paradoja aparece apenas cambia el escenario. Dentro de pocas semanas comenzará el Mundial y el panorama seguramente volverá a modificarse. Las camisetas celestes y blancas aparecerán otra vez en las calles, las banderas volverán a colgarse en balcones y miles de personas encontrarán nuevamente una identidad compartida detrás de la pelota.
Lo que muchas veces no logra la política termina consiguiéndolo el fútbol.
La Selección Argentina se convirtió en uno de los pocos espacios capaces de generar una emoción transversal en medio de una sociedad fragmentada. Ahí las diferencias partidarias parecen quedar en pausa y los símbolos patrios recuperan fuerza, aunque sea durante noventa minutos.
Para muchos jóvenes, incluso, la conexión emocional con la bandera nacional llega antes por un gol de Lionel Messi que por un acto escolar. No necesariamente porque exista menos patriotismo, sino porque cambiaron las formas de representación y los lugares donde se construye el sentido de pertenencia.
Quizás la escarapela y la camiseta no estén tan lejos. Ambas nacieron para expresar pertenencia. La diferencia es que una quedó atrapada en el calendario escolar y la otra todavía emociona en la calle.