Las razones físicas detrás de la caída ante España
20 Agosto 2026
El especialista en biomecánica Juan Martín Huss explica cómo el desgaste acumulado afecta la coordinación, eleva el riesgo de lesión y condiciona el rendimiento de un futbolista. Además, analiza el impacto de los partidos consecutivos, los viajes, los tiempos de recuperación y las exigencias físicas que enfrentan los jugadores durante una competencia.
La caída de la Selección argentina por 1 a 0 ante España en la final del Mundial disparó una catarata de teorías conspirativas en las redes. Debajo de ese ruido, y de las versiones sin una sola prueba, quedó planteada una discusión bastante más concreta: cuánto pesó el desgaste físico acumulado en el rendimiento del equipo.
Los análisis posteriores al partido apuntaron a la exigencia de los cruces previos, los viajes y el escaso margen de recuperación entre encuentro y encuentro. El caso de Leandro Paredes, que jugó la recta final del torneo con una fisura en una costilla y entró en el complemento de la definición, devolvió al centro de la escena una pregunta incómoda: cuánto resiste el cuerpo de un futbolista sometido a un calendario cada vez más cargado.
Para ordenar el debate, el licenciado en Kinesiología y Fisiatría, osteópata y especialista en biomecánica Juan Martín Huss aporta una primera precisión. La fatiga no es solamente quedarse sin aire ni sentir las piernas pesadas. Es, sobre todo, una caída en la calidad del movimiento.
Cuando un deportista encadena partidos y traslados, pierde coordinación, ejecuta peor los gestos técnicos y reparte mal las cargas sobre su propio cuerpo. Esa pérdida de precisión es la que eleva el riesgo de lesión, porque hay estructuras que empiezan a compensar el trabajo que otras ya no están en condiciones de hacer.
Según Huss, buena parte de las dolencias deportivas no se explican solo por falta de fuerza. Aparecen cuando el estrés mecánico se distribuye mal y una zona termina soportando más carga de la que le corresponde. "Suele doler la zona que compensa, no la que causa el problema", grafica el especialista.
En una final, esa mecánica se amplifica. El jugador fatigado conserva la voluntad y hasta la potencia para competir, pero el cuerpo responde con movimientos menos eficientes. Cada frenada, cada giro y cada aceleración se vuelven una exigencia extra para músculos y articulaciones, justo en el momento en que menos margen de error hay.
El caso de Paredes agrega otra capa: los riesgos de jugar lesionado. Huss aclara que una fisura de costilla tiene origen traumático y no depende de la mecánica corporal, aunque competir en esas condiciones supone casi siempre controlar el dolor con medicación y forzar los tiempos habituales de recuperación.
El problema, además, no siempre se ve en el partido. Las compensaciones que el cuerpo improvisa para tolerar una lesión suelen pasar factura semanas o meses después, cuando el futbolista ya está lejos de la competencia que lo obligó a jugar al límite.
Los planteles profesionales cuentan con cuerpos médicos permanentes, estudios inmediatos y tratamientos que permiten acortar cada etapa de una recuperación. Ninguna de esas herramientas, remarca Huss, modifica los tiempos biológicos del organismo.
Nada de esto alcanza, por sí solo, para explicar una derrota, siempre atravesada por factores deportivos y tácticos. Pero ayuda a entender por qué los jugadores llegan a las grandes definiciones con un nivel de desgaste capaz de afectar sus decisiones, sus movimientos y su capacidad de sostener la intensidad hasta el final.
Más allá de cualquier teoría viral, la pregunta de fondo es otra y no la responden las redes: cuánto puede soportar un cuerpo humano frente a temporadas cada vez más largas. El cansancio acumulado no explica todos los resultados, pero es un riesgo concreto que el fútbol moderno todavía no termina de resolver.


